13/09/2026

El grito silencioso del Tomasote: alerta contra un ecocidio en el corazón de Piar

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Las advertencias que hoy resuenan en las calles de nuestra añorada Upata no provienen del eco de viejos mitos, sino de la profunda y justificada preocupación de un bloque de profesionales, naturalistas y ciudadanos coterráneos. Este colectivo contempla con estupor el inicio de lo que podría convertirse en una nueva herida de muerte para el ecosistema y la geografía del estado Bolívar. El epicentro de esta angustia colectiva –de la cual me han informado de primera mano los médicos veterinarios Fernando y Mario García Rivas– se sitúa en el municipio Piar. Específicamente, la amenaza se posa sobre la silueta histórica y natural del majestuoso cerro Tomasote, un promontorio de 612 metros sobre el nivel del mar que alberga al célebre y antiquísimo jabillo (Hura crepitans). Ese gigante vegetal posee una circunferencia de 12,30 metros y data, según cálculos biológicos, de más de un siglo de existencia en un entorno cercano a los hatos San Cayetano, Tierra Blanca y Las Mulas, entre Upata y Villa Lola.

Lo que allí se asoma no es el avance del desarrollo ni el beneficio colectivo, sino la amenaza flagrante de un ecocidio que, de materializarse por la inacción de las autoridades, despojará a la Villa del Yocoima de uno de sus pulmones reguladores fundamentales y de un patrimonio ecológico invaluable.

Para comprender la magnitud de la tragedia que se avecina, es menester desandar los senderos del Tomasote a través de los ojos de quienes lo han estudiado y cantado. No estamos ante una simple elevación de tierra y piedra; el cerro es un enclave biológico vivo que goza de un microclima fresco y una vegetación de altura excepcional que contrasta y equilibra las llanuras calientes que lo circundan.

Diversas crónicas de Guayana y obras descriptivas de la región nos recuerdan que las faldas e interiores de este relieve albergan bosques húmedos y selvas de galería que actúan como esponjas hídricas naturales. Entre esos textos destacan “Upata” (Tomo I. Carlos Rodríguez Jiménez. Editorial Aguilar. Madrid, 1964); “Pensar la ciudad: Upata en sus 250 años” (Sigfrido Lanz Delgado, Ángel Romero Cabrera, Pedro Suárez, Carmen Rodríguez, Diana Gámez y Roger Vilaín. Fondo Editorial de la Universidad Nacional Experimental de Guayana.

Ciudad Guayana, 2012); y “Travesuras y relatos de Upata” (Eligio González. Fundación Editorial El Perro y la Rana. Caracas, 2024). Dichas formaciones vegetales alimentan los acuíferos subterráneos que mitigan las sequías de la región y nutren los valles agrícolas circundantes, base de la histórica economía productiva del municipio.

Dentro de ese vasto tapiz verde destaca un símbolo que trasciende lo botánico para convertirse en un emblema místico de la localidad: el legendario y afamado Jabillo del Cerro Tomasote. Inmortalizado en la idiosincrasia upatense y referenciado sutilmente en testimonios gráficos y orales como un centinela de la montaña, este árbol colosal representa la resistencia de la flora autóctona frente a la intervención humana.

El jabillo, con su imponente presencia, tronco espinoso y copa protectora, cumple funciones ecológicas críticas: estabiliza los suelos escarpados contra la erosión provocada por las lluvias tropicales, sirve de refugio y estación de anidación para decenas de especies de aves de Guayana, y simboliza la memoria natural de un pueblo que –metafóricamente– creció bajo su sombra protectora. Atentar contra el entorno del Tomasote es decretar, de manera directa, el fin de ese y otros gigantes vegetales que han tardado siglos en consolidarse.

La alerta que hoy emiten los profesionales de Upata, de la cual nos hacemos eco, no es un ejercicio de retórica alarmista. Los patrones de destrucción ambiental que ya se han observado en otras serranías y planicies del sur del estado Bolívar –caracterizados por la tala indiscriminada para la expansión desordenada de asentamientos humanos, la quema sin control y la potencial explotación minera– amenazan con replicarse en el Tomasote. De consolidarse la deforestación de sus laderas, el daño será irreversible. La pérdida de cobertura arbórea alterará de forma inmediata el microclima local al elevar la temperatura y, peor aún, desatará procesos erosivos severos y deslaves que colmatarán los cauces de agua locales, acelerando la escasez de agua dulce que ya agobia a vastos sectores de la población.

El marco legal venezolano, fundamentado en la Constitución Nacional y desarrollado a través de la Ley Orgánica del Ambiente, establece de manera inequívoca la corresponsabilidad del Estado y los ciudadanos en la protección del patrimonio natural. Ante la preocupación pública y el clamor técnico de la intelectualidad upatense, el Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo y las fiscalías con competencia ambiental no pueden seguir actuando como observadores distantes o firmantes de permisos complacientes. La guardería ambiental debe desplegarse con urgencia en la zona para detener cualquier tipo de intervención que vulnere la integridad del cerro. Es imperativo que se paralice de inmediato cualquier actividad degradante y se inicie una auditoría socioambiental transparente, rigurosa y abierta a las comunidades vivas de Upata.

El cerro Tomasote lleva en su nombre la impronta del indígena indómito que, según la leyenda recopilada por historiadores locales, luchó junto al General Manuel Piar en los albores de la emancipación guayanesa. Hoy, el relieve que evoca su memoria requiere una nueva defensa, no con lanzas ni mosquetes, sino con el escudo de la ley, la ciencia y la conciencia ciudadana. No podemos permitir que la codicia particular de unos pocos o la indolencia burocrática de las instituciones conviertan este santuario forestal en un páramo estéril de tierra arrasada.

Salvar el cerro Tomasote y preservar el entorno de su famoso jabillo es una deuda moral con las generaciones futuras de piarenses. La naturaleza herida no negocia: cobra con sequías, deslaves y pobreza biológica. Las autoridades competentes tienen la palabra y la obligación legal de actuar antes de que el grito silencioso de la montaña se convierta en el epitafio de nuestro propio entorno.

El asunto en referencia nos preocupa profundamente pues, como bien apuntaba el Dr. Carlos Rodríguez Jiménez en su mencionada obra cumbre, la geografía que rodea a nuestra Villa del Yocoima no es un mero escenario estático, sino una extensión de nuestra propia historia colectiva. ¡Destruir el Tomasote es arrancar una página de ese libro viviente!

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