ROGER BONALDE: El Poeta del Cincel y Guardián de la Memoria Upatense.

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En el corazón de la Villa del Yocoima, donde el calor del sol se funde con el verdor de la serranía, habita un hombre cuya vida es un testimonio de paciencia, devoción y arte silente. Roger Bonalde, upatense de pura cepa, no es solo un artesano; es el cronista de mármol que ha dedicado más de cuatro décadas a tallar el último adiós de sus coterráneos.

​Su taller, impregnado del polvo blanquecino que vuela como nieve bajo el sol tropical, es un santuario de la memoria situado estratégicamente a las puertas del camposanto de Upata. Allí, el ritmo de su vida está marcado por el golpe rítmico del mazo sobre el metal, una percusión constante que resuena como un latido en las calles vecinas.

​La Maestría del Detalle en la Piedra.

​Para Roger, el mármol y el granito no son superficies frías e inertes, sino lienzos pétreos que esperan una identidad. Su proceso es una amalgama de fuerza física y delicadeza espiritual:

​La Visión: Antes de dar el primer golpe, Roger interpreta el sentimiento del deudo. Entiende que no solo está grabando un nombre y una fecha, sino un legado de amor y dolor.

​La Técnica: Con una destreza adquirida tras cuarenta años de oficio, maneja el cincel con la precisión de un cirujano. Cada curva de una letra, cada relieve de una cruz o de una efigie religiosa, es esculpida a mano alzada, desafiando la dureza del material.

​La Paciencia: En un mundo dominado por la inmediatez y el grabado láser industrial, Bonalde mantiene viva la tradición artesanal. Sabe que la piedra no admite errores; un golpe en falso puede arruinar días de labor, por lo que su concentración es casi mística.

​Un Vecino de la Eternidad.

​Su cercanía física al cementerio de Upata no es una coincidencia, sino una extensión de su destino. Roger Bonalde vive y trabaja en la frontera entre la vida cotidiana y el descanso eterno. Esta proximidad le ha otorgado una perspectiva única sobre la existencia: una humildad profunda que se refleja en su trato pausado y su mirada serena.

​»El mármol es eterno, pero el hombre es fugaz. Mi trabajo es asegurar que el nombre de quien se fue no sea borrado por el viento del olvido.»

​Sus obras no están en galerías de arte convencionales, sino esparcidas por las parcelas del cementerio local, convirtiendo ese espacio en un museo al aire libre de la identidad upatense. Cada placa que lleva su sello es un pedazo de la historia de su pueblo, resguardada bajo la durabilidad del granito.

​Roger Bonalde representa esa estirpe de hombres que Upata parió para salvaguardar sus tradiciones. Es un maestro que ha hecho del polvo de piedra su aliento y del silencio del camposanto su mejor confidente. Su figura es patrimonio vivo de la región, un recordatorio de que el arte más noble es aquel que sirve para honrar a los que ya no están. Por licenciado Edgar Carvajal, para Baluartes.

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